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5 años después: Danielle Dillon
Danielle odiaba las cámaras de
seguridad. En el fondo sabía que su rabia no se debía a la vigilancia en el
sector comercial de Brokner. No, estaba harta de tener que usar disfraces. No
podía usar el mismo dos veces, aunque su modus operandi seguía siendo el mismo.
Su padre adoptivo se estaba poniendo viejo, gastaba más en LSD y mientras más
intentaba escapar de Jesús Aburto, más le cobraba. Estafadora y marca al mismo
tiempo. Años atrás el negocio que tenía con los agentes de seguros habría
bastado, pero ahora tenía que pagar más. Ahora tenía que robar de joyerías. Se
ajustó la peluca de cabello negro sobre su corto cabello castaño. Sin
maquillaje y un poco retoques cosméticos con prótesis plásticas parecía un
hombre, algo afeminado pero muy distinto a D.D.. El truco estaba en caminar, de
modo que le daba vueltas a la cuadra para acostumbrarse. Incluso olía como
hombre, con un poco de la loción de su tío Mario. Traía un saco con hombreras y
un rociador de gas de pimienta atado a su antebrazo izquierdo.La policía ya
habría conectado los crímenes, de modo que ésta tendría que ser su última vez.
Era un alivio, se escondía el tatuaje con plástico que parecía piel y debía
convertirse en otra persona debido a las cámaras, pero por el otro lado, no
tenía otro juego en la mesa. Se quedaría con la estafa a los seguros y eso no
sería suficiente para Aburto. Últimamente nada era suficiente para él. Incluso
cuando se mudó de vuelta con su tío, su padre adoptivo alzó la cuota.
Entró a la tienda hablando con la
voz más gruesa que podía. Explicó que se acercaba el cumpleaños de su futura
esposa y quería regalarle algún collar o anillo. Cámaras en el techo en cada
esquina, guardia de seguridad recorriendo los escaparates. Era buena hora,
mucha gente. Habría conmoción, pero tendría que lidiar con él. El auto esperaba
cerca con el motor encendido, esperaba que nadie lo robara. Cuando tuvo una
buena docena en el aparador, el máximo que estaría autorizado el vendedor por
razones de seguridad. Empezó a revisar los diamantes y fingir que medía los
collares contra la silueta de la vendedora. El truco estaba en fingir no estar
apurada. Fingir que pertenecía a ese lugar con aquella clientela llena de dinero.
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No me decido, podría llevármelos todos.- Le hizo señas al guardia para que se
acercara.- ¿Qué dices amigo?, ¿cuáles son los más románticos?
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No sabría decirle señor.