jueves, 23 de julio de 2015

Los tres trenes (Parte 2 de 2)

Conclusión de la primera parte


5.- 5 años después: Danielle Dillon
            Danielle odiaba las cámaras de seguridad. En el fondo sabía que su rabia no se debía a la vigilancia en el sector comercial de Brokner. No, estaba harta de tener que usar disfraces. No podía usar el mismo dos veces, aunque su modus operandi seguía siendo el mismo. Su padre adoptivo se estaba poniendo viejo, gastaba más en LSD y mientras más intentaba escapar de Jesús Aburto, más le cobraba. Estafadora y marca al mismo tiempo. Años atrás el negocio que tenía con los agentes de seguros habría bastado, pero ahora tenía que pagar más. Ahora tenía que robar de joyerías. Se ajustó la peluca de cabello negro sobre su corto cabello castaño. Sin maquillaje y un poco retoques cosméticos con prótesis plásticas parecía un hombre, algo afeminado pero muy distinto a D.D.. El truco estaba en caminar, de modo que le daba vueltas a la cuadra para acostumbrarse. Incluso olía como hombre, con un poco de la loción de su tío Mario. Traía un saco con hombreras y un rociador de gas de pimienta atado a su antebrazo izquierdo.La policía ya habría conectado los crímenes, de modo que ésta tendría que ser su última vez. Era un alivio, se escondía el tatuaje con plástico que parecía piel y debía convertirse en otra persona debido a las cámaras, pero por el otro lado, no tenía otro juego en la mesa. Se quedaría con la estafa a los seguros y eso no sería suficiente para Aburto. Últimamente nada era suficiente para él. Incluso cuando se mudó de vuelta con su tío, su padre adoptivo alzó la cuota.

            Entró a la tienda hablando con la voz más gruesa que podía. Explicó que se acercaba el cumpleaños de su futura esposa y quería regalarle algún collar o anillo. Cámaras en el techo en cada esquina, guardia de seguridad recorriendo los escaparates. Era buena hora, mucha gente. Habría conmoción, pero tendría que lidiar con él. El auto esperaba cerca con el motor encendido, esperaba que nadie lo robara. Cuando tuvo una buena docena en el aparador, el máximo que estaría autorizado el vendedor por razones de seguridad. Empezó a revisar los diamantes y fingir que medía los collares contra la silueta de la vendedora. El truco estaba en fingir no estar apurada. Fingir que pertenecía a ese lugar con aquella clientela llena de dinero.
- No me decido, podría llevármelos todos.- Le hizo señas al guardia para que se acercara.- ¿Qué dices amigo?, ¿cuáles son los más románticos?
- No sabría decirle señor.

Los tres trenes (Parte 1 de 2)

Los tres trenes
Por: Sebastián Ohem

 1.- Ahora:
            El letrero neón que leía “Jaula de billar” estaba apagado, pero eso no desanimó a Ian Madison. Sacó la automática de su cinto y entró al callejón que daba a una parte trasera con espacio para un par de autos. Estaba uno de ellos, creía que era el de Danielle. La noche pareció hacerse más oscura, la farola de la calle apenas iluminaba la zona. Revisó la puerta trasera, era acero reforzado pero podía abrir la cerradura. Intentó ver si las ventanas tenían barrotes, pero los pisos superiores estaban devorados por la oscuridad. Incluso si ella no estaba, podía esperarla adentro. La esperaría lo que fuera necesario.

            Patrick Schnapp, el viejo Snap, estacionó a media cuadra y siguió los sonidos en la desierta calle y oscura callejuela. Se acomodó los guantes antes de tomar el revólver. Le había puesto cinta canela al mango y al gatillo. Pensaba tirar el arma en alguna alcantarilla después de matarlo, pero prefería ser más cuidadoso que de costumbre. Nada podía salir mal. Se apoyó contra la pared de ladrillo hacia el espacio de estacionamiento. Podía ver la figura agachada a un lado de la puerta. Se figuró que estaría forzando la cerradura. No le importaba realmente, pero necesitaba saber que realmente era Ian Madison. Snap era un profesional, sabía que cualquier cosa podía pasar en los segundos decisivos, de modo que salió del escondite y se colocó detrás del sujeto. La luz de la farola iluminaba su rostro, pero no le importaba. Madison no tendría la oportunidad de decirle a nadie. Jaló el martillo. El ruido familiar y a la vez terrible. Casi absoluto. Rompió el completo silencio. Ian Madison se dio vuelta, se puso de pie y miró el cañón del revólver. Todos miraban el cañón. La luz le daba ahora. No quedaba duda, era él. Era el hombre que tenía que matar.

            Danielle Dillon había seguido al asesino profesional y, luego de perderlo de vista le dio unos treinta segundos antes de salir de su auto. Automática en mano se acercó con cautela. Había oído de Snap y sabía que era peligroso. Rápido y certero. Ella no estaba acostumbrada al arma. No estaba acostumbrada a su peso, a su olor y cuando jalara el gatillo sabía que quedaría ensordecida por la explosión. No le importaba que le había llevado a la Jaula de billar. No le importaba tampoco, aunque un pensamiento fugaz le hizo cuestionarse si de alguna forma sabía que iba a matarlo. Podía ser una trampa. Avanzó de todas formas. Iba agachada, escuchando los ruidos de las calles lejanas. Pudo oír el martillo de un revólver. Se movió otros pasos más y se colocó a su costado. Snap tenía acorralado a un sujeto que ella no conocía, aunque era obvio que el viejo asesino a sueldo le conocía. No le importaba. Patrick Schnapp tenía una cita con una bala.

El juego de reyes y peones

El juego de reyes y peones
Por: Juan Sebastián Ohem

1.-
            La gente que trata de entender lo que pasó en 1998 tiende a olvidar que no empezó ese año, sino la década anterior. En los 80’s la familia Azzarello parecía que había llegado para quedarse. Habían huido de Nueva Jersey creyendo que Malkin sería un juego de niños. Se expandieron rápido y consolidaron su poder con mano de hierro. Los independientes fueron removidos del tablero o absorbidos. Ahí es donde entra Michael Rath, ladrón y traficante que había preferido unirse a la familia como un fuereño que terminar seis metros bajo tierra en la carretera como muchos de sus amigos. Los Azzarello eran vieja escuela, querían rastrear tu familia hasta Sicilia, de otro modo eras considerado como un extranjero en tu propia ciudad, pagando tributos exagerados a los iniciados de Baltic y la pequeña Italia. Rath nunca quedó satisfecho con el trato. Robó de aquí y allá para proveer para su familia e incluso empezar a incursionar en bienes raíces. Eso no cayó bien con la familia. Respondía a un teniente de nombre Freddie Primo y los Azzarello le ponían entre la espada y la pared.

            La historia de Primo no era tan diferente. Un italiano nativo de Malkin que tuvo que unirse a la familia Azarrello después que mataran a su empleador de muchos años. Lo iniciaron por necesidad, nunca por gusto, y les encantaba recordárselo. Cuando eventualmente se hartaron de Michael Rath cayó en manos de Freddie Primo hacerlo desaparecer. No era tarea fácil, y de hecho nadie entendía por qué era tan necesario. Rath les hacía mucho dinero y estaban acostumbrados a que sus vasallos robaran un poco de aquí y allá. Tal es la naturaleza del negocio. Los Azzarello eran la definición de la vieja escuela. No les importaba si les hacía buen dinero, era sobre mandar un mensaje y por ello le dijeron a Freddie Primo que terminara con él, con su esposa Estella y su hijo Victor.

Momo: Un asesinato simple

Momo Un asesinato simple
Por: Sebastián Ohem


            La clientela estaba baja, pensé que eran malas noticias. Estaba equivocado. Noche tras noche me senté en mi oficina, la taquería debajo de mi departamento. Sin nada mejor que hacer decidí seguir la noticia que estaba en boca de todos. Robo a un Bancomer en Macroplaza. Mérida te perdona lo que sea, siempre que no suceda en el norte y siempre que permanezca relegada a la nota roja. Primera plana, “Robo de película”. Uno de los meseros estaba sobre mi hombro, leyendo en voz baja. Le hice el favor, lo leí en voz alta.

Momo: El juego del chivo

Momo: El juego del chivo
Por: Juan Sebastián Ohem

Navidad evitando a mis innumerables primos y tíos, a cada uno le digo una versión distinta de lo que haré. Cena a la italiana en mi departamento sobre la taquería en el centro. No me molesta, pero es la escasez de clientes en esta época que me pone nervioso. Me hace aceptar cualquier cosa. Recibo las sobras y doy las gracias. No habría jugado el juego del chivo de no ser así. En verano tengo clientes suficientes para vivir bien, pero en mi oficio no hay aguinaldo y los regalos a mis tíos y sus familias casi me dejan en bancarrota. En mi oficio escondo la verdad más que encontrarla, cualidad extraña en un detective privado. No es mi especialidad, después de todo me contratan para callar gente, torcer brazos y, ocasionalmente, arruinar familias enteras. Me pagan bien y no me quejo.

Las políticas del odio

Las políticas del odio
Por: Juan Sebastián Ohem
  
1.-
            Alfred Huxley quiere unirse al linchamiento mediático. Mi generación lucha y muere en la selva, o lucha y muere en América, mientras que gente como Huxley o Lydiatt, el nuevo fiscal de distrito, tienen algo mejor que hacer. Perseguir homosexuales. Nadie tiene mejores cosas que hacer. Roy Keller tiene otras preocupaciones. No siempre puedo darle la vuelta a la historia que Huxley busca, pero lo intento. Por eso acudí a Evelyn Kerley, doctora en sociología y parte de un comité de derechos humanos. Ella logró persuadir a algunos homosexuales para hablar ante la cámara. Les digo que probablemente terminará en el piso de la sala de edición, pero espero que no sea así. Alguien tiene que alzar la voz. Fabuccini es uno de ellos. Duncan Poole, camarógrafo y reportero guarda sus cosas mientras que Fabuccini se quita la camisa y los vendajes. La golpiza fue brutal, peor que eso, fue sin sentido.

Los hijos de Nadie

Los hijos de Nadie
Por: Sebastián Ohem

Del diario de Roy Keller
            Ésta es mi admisión de culpa. He redactado el texto para mi abogado Blake Edwards para ser publicado en caso de mi muerte o encarcelación. Soy un reportero. Utilizo métodos poco ortodoxos para conseguir la verdad, pero es parte de mi trabajo. Dejé Vietnam, pero la guerra tiene sus propios modos de acompañarte a donde vayas. El horror no está únicamente más allá de nuestras fronteras. Está en Malkin. En los ojos desesperados de los hijos de nadie.

A Nadie le importa

A Nadie le importa
Por: Juan Sebastián Ohem

Del diario de Roy Keller        

            Lo primero que te enseñan en la escuela de periodismo es apuntarlo todo. Esto no se trata sobre una noticia. Si están leyendo esto, estaré en prisión o muerto. No es una confesión de mis pecados, no tengo suficiente tinta para ellos. Es una admisión de culpa. Un buen reportero consigue la noticia por cualquier medio, yo empleo medios ilegales. Lo hago sabiendo que podría terminar muerto o en la cárcel, pero alguien tiene que hacerlo. A alguien le tiene que importar. Eso me digo a mí mismo. La verdad es que, cuando se trata de las víctimas colaterales del crimen y la corrupción, a nadie le importa.

Doc Wild y la tiranía de los bienintencionados

Doc Wild y la tiranía de los bienintencionados
Por: Juan Sebastián Ohem


            Jack Wild utilizó el décimo aniversario del fin de la segunda guerra mundial para advertir al mundo de la amenaza de Herman Draxler. No podía ser más específico que eso, pero sabía que por detrás del escenario político jalaba sus hilos. El presidente norteamericano inició las negociaciones para salirse de Panamérica, apoyado por el voto popular, y el hombre de oro supo que era momento de poner su plan de contraataque en funcionamiento. Interpol había gastado millones de euros y pasado más de tres años persiguiendo a un grupo de terroristas islámicos que luchaban por la soberanía de sus países. Wild les localizó en dos días por sus propios medios. No les neutralizó, ellos eran exactamente lo que necesitaba. Experimentos en lavado de cerebro. Le obedecerían ciegamente y llevarían sus deseos a la realidad. Les puso a prueba enviando a uno de los suicidas para matar al presidente Truman. Wild aprovechó la oportunidad para culpar a Draxler del crimen y solicitó, nuevamente, la creación de un ejército mundial, sin soberanía ni nacionalismos, argumentando que la amenaza extraterrestre aún estaba latente. Su mensaje fue transmitido por todos los canales en las televisiones holográficas de millones de hogares y, como siempre, doc Wild permaneció en las primeras páginas de todos los diarios. Tras una década de continua paz, y los mejores estándares de vida en la historia, Jack continuaba odiando la política y los discursos. Asarlai, acostumbrada a sus actos de desaparición, tras cada discurso, le esperó en su jet personal en el aeropuerto.

Doc Wild y los diseñadores

Doc Wild y los diseñadores
Por: Juan Sebastián Ohem


            Roman Deveroux, el presidente francés, era un hombre de sueño ligero, aún así no escuchó a Doc Wild, el hombre de oro. Confiado en sus guardias de seguridad reposaba tranquilo a un lado de su esposa. Escuchó los ronquidos de su esposa y no pensó mucho en el asunto, estaba casi despierto, casi capaz de recordar que su esposa no roncaba. Un detalle minúsculo, pero unos segundos después escuchó lo que le pareció ser una silla y al abrir los ojos se vio cara a cara con el hombre de oro. Jack Wild le hizo una seña para que no dijera nada. Roman Deveroux estaba muerto de miedo y también indignado. Wild se movió con la velocidad de una cobra, en una fracción de segundo logró colocarle algo en la cabeza que parecía una diadema y, antes que el presidente pudiera reaccionar, sintió el cañón de una pistola contra sus costillas. Wild encendió la luz de su buró y sonrió.

Doc Wild y los mundos posibles

Doc Wild y los mundos posibles
Por: Juan Sebastián Ohem


            Tres años habían pasado desde que Herman Draxler tratara de conquistar al mundo. Jack cargaba con el remordimiento de conciencia sobre sus hombros cada vez que veía a un monumento a los caídos. Había sido la única manera. Lo había pensado desde todos los ángulos posibles, y aquella era la única terrible manera. Se había hecho pasar por su mejor amigo para mostrarle al mundo el horror de la guerra. Tres años en que el mundo saneó sus heridas, en que poco a poco todos cedieron al federalismo internacional. Había algunos que lo querían a él para dirigir a todas las naciones de la Tierra, pero ése no era el objetivo del federalismo internacional. Ahora que las naciones se unían en un foro para resolver disputas, el edificio de las naciones unidas en la reconstruida Nueva York tenía una gigantesca estatua de oro macizo con la forma de Jack Wild, el hombre de oro. Al pasar por el lobby y ver la ciudad le inundaron los recuerdos de la guerra, de las víctimas, de los millones de muertos que habían hecho posible la paz duradera. Jack odiaba esos eventos, prefería su estudio en el polo sur, pero Asarlai había insistido. Se cumplía un año desde la creación de las Organización de las Naciones Unidas y todos esperaban un discurso. Él odiaba a la política, pero sabía que el diálogo era mejor que la guerra. Él, destructor de mundos, lo sabía muy bien.

Doc Wild y el hombre que quiso conquistar al mundo

Doc Wild y el hombre que quiso conquistar el mundo
Por: Juan Sebastián Ohem

1938:
            Los guardias bostezaron al unísono y se dedicaron una mirada cómplice. No podían creerlo, pero la parte más difícil de asegurar el perímetro del laboratorio armamentístico era el blanco. El blanco del suelo y el blanco en el cielo. Los blancos se fundían en uno solo y varias veces se restregaron los ojos sólo para saber si no habían quedado ciegos. No habían visto a nadie y estaban confiados que nunca lo verían, pues nadie buscaría el laboratorio secreto a la mitad de Siberia. El frío ya no le molestaba, era el intenso blanco todo el día, todos los días. No importaba la hora, era primavera en Siberia y el sol podía quedarse en el cielo por días. Nadie más sabía del complejo, además de algunas figuras en la KGB y Stalin en persona. Los guardias bostezaron de nuevo y permanecieron de pie frente a la sólida pared de acero. No escucharon nada. La nieve mataba todos los sonidos. No le escucharon ni cuando se paró entre ellos. La figura de blanco se movió rápido. Antes que cualquiera de los dos notara algo el hombre les mató con un cuchillo. El blanco se manchó de rojo y dos soldados cayeron muertos.

La muerte roja: Tarántula

La muerte roja: Tarántula
Por: Juan Sebastián Ohem

            Los tres maleantes terminaron de deshacer el muro. La bóveda se encontraba expuesta. Se hicieron a un lado para que el nuevo trabajara con ácidos y soplete. Le decían Nosferatu, por las largas orejas. Algo en él no encajaba, pero el jefe Alfons Taglia había dado la luz verde. Era eficiente también, abrió la pared de la bóveda lo suficiente para una persona. Sacos y maletas llenas de dinero. Todo sonrisas y júbilo. Un trabajo bien hecho. Eso, hasta que el Nosferatu sacó el arma y los mató a todos. No podían creerlo, nadie traicionaba a un Taglia, pero el nuevo tenía algo que les distinguía, y no era sólo su deformidad. El nuevo ya estaba muerto y olvidado. Patrick Belmont despertó cubierto en sudor. El sueño tan tangible como la realidad misma. Tenía que encontrar al olvidado, regresarlo a Undercity de un balazo.

El carnaval del diablo

El carnaval del diablo
Por: Juan Sebastián Ohem


            Dudley Alflatt era bien conocido en la taberna del león, gastaba las pocas monedas que ganaba en cerveza y juegos de azar. Ésta noche, sin embargo, era diferente. Ésta noche era una celebración, el décimo aniversario. Bebió un tarro tras otro, no creía en maldiciones, pero sí tenía miedo. Aquella noche, diez años atrás, le habían marcado para siempre. Sus amigos se cansaron de él rápidamente, no dejaba de hablar del judío. Cabeza contra el mostrador de pino y su mirada vagando por las llamas de la pira en medio de la taberna, tarro en mano. Entre dos le cargaron un par de cuadras hasta su casa. Se trataba de una casa humilde, construida con piedras y argamasa, con un techo de madera y paja. Tenía pocas comodidades y le dejaron tirado sobre el cúmulo de paja en la que solía dormir. El tabernero, un grosero y corpulento hombre con un ojo de madera hizo las cuentas y, cuando era momento de cerrar, se dio cuenta que nadie había pagado por Dudley Alflatt. Decidido a cobrar su dinero caminó hasta su casa y al verle por la ventana el tabernero, quien pocas veces en su vida había sentido temor, se puso pálido, como si viese un fantasma. Y en cierto modo lo hacía. Dudley Alflatt estaba colgado del techo, sus ropas cortadas y brutalmente golpeado. Tenía una marca, como la del ganado con el número XIII. La voz se corrió por Doncaster, primero entre los asustados vecinos y luego por los soldados de pesados cascos de metal y cuero. La noticia llegó una hora después a la corte del lord Kendall. Escuchó la sombría noticia y asintió con gravedad. Había empezado. Sus hijos, el barón Kirby y los soldados esperaron por una orden. Lord Alexander Kendall se aclaró la garganta.
- Traigan a Kenway.

El barco de los idiotas

El barco de los idiotas
Por: Juan Sebastián Ohem


            Thomas Kenway no podía quedarse en el mismo sitio por mucho tiempo, terminado el invierno decidió viajar al norte. Fue aceptado por un grupo de comerciantes y viajó entre los barriles de aceite de oliva y las cajas de carnes. En su soledad le acompañó otro comerciante quien tenía ganas de platicar. Arribaban al condado de Westmor, un lugar próspero para los comerciantes itinerantes como ellos. Kenway se asomó entre las cajas cuando la carreta fue descendiendo de una alta colina. A lo lejos podía verse un pequeño castillo, una villa separada por un río y un asentamiento del otro lado del río que era tan ancho que tenían un barco en el muelle. El comerciante ya había escuchado las noticias sobre la terrible batalla que había ocurrido hacía unos pocos días. Westmor estaba dividida por el río, y por la sangre. De un lado estaban los Dane, familia de antiguo linaje, y del otro lado del río los Calum, poderosa familia ganadera que había llegado hacía una generación y competían por orgullo y por dinero. Kenway gruñó, esperaba un verano tranquilo, pero el Señor tenía otros planes para él. Se bajó de la carreta, agradeciendo la caridad de los comerciantes y caminó por la villa. La mayoría de las casas eran de piedra y con techos de pasto o paja. Algunos edificios de dos pisos, con yeso y tabique ocupaban el centro de la villa, sin duda las propiedades de la familia Dane. Kenway preguntó por una posada y le dirigieron a una casona de madera y yeso, con dibujos de cervatillos y cazadores.

            Los signos de la batalla eran evidentes. A lo lejos, en las colinas antes del río, se encontraba un granero que había quedado reducido prácticamente a cenizas. Podían verse signos de incendio en otros edificios, pero la marca distintiva era la propia población de Westmor. Pocos eran los siervos que no portaban alguna clase de arma. Los extensos campos de cultivo, a las orillas del río habían sido incendiados y el ambiente era tenso, como la calma antes de la tormenta. El cementerio, en el otro extremo de la villa tenía muchas tumbas recién cavadas, e incluso podían verse los montículos de tierra típicos de las tumbas clandestinas para quienes no podían pagarse una parcela, o para los desconocidos. Un villano chocó contra su hombro, podía ver el fuego en sus ojos y el cuchillo en su mano. Kenway le siguió, pero el villano echó a correr y atacó a otro por la espalda, acuchillándole hasta matarlo.

La maldición de la gárgola

La maldición de la gárgola
Por: Juan Sebastián Ohem

            El obispo de Ackland viajaba constantemente, pero su mirada, incluso el ojo en su mente, nunca se apartaba de la magnífica catedral en el feudo de Fairfax que ya llevaba 25 de construcción. El duque Frederick Alwin, quien podía verla desde su alto castillo, regía los años de su vida conforme la construcción avanzaba, de los cimientos hacia arriba. No la vería terminada, su hijo mayor Victor probablemente tampoco, pero tenía la esperanza que su hijo menor, Mallory podría verla terminada, quizás en su vejez. Siempre había problemas, los obreros de la guilda, secretivos por naturaleza, parecían tener siempre algún motivo de queja. Algunos decían que la cantera de Francis Woodmarch era demasiado cara, otros que los accidentes eran continuos y demandaban reparación del duque. El duque, por supuesto, se negaba a ceder. Si la guilda de masones deseaba conservar su secretismo profesional, y espiritual, entonces se le hacía justo que también se ocuparan de sus propios problemas.

El aquelarre del minotauro

El aquelarre del minotauro
Por: Juan Sebastián Ohem

            Patrick Medwin cruzó las sucias calles de la villa hasta su casa, en las colinas. Podía tener una casa mejor, una más cercana al casa del lord Franning, pero él lo prefería hacía. Le gustaba el aire fresco, casi tanto como la cerveza y el dinero. El prestamista del feudo golpeó la puerta de su casa de piedras y techo de paja, esperando a que su mujer le abriera y le ofreciese la cena. No obtuvo respuestas. Se asomó por las ventanas redondas, pero todas parecían tapiadas. Patrick Medwin miró a su alrededor, detrás de él las fogatas de la villa y sus pequeñas casuchas y huertos, a lo lejos los campos del señor y su elegante castillo, pero a su alrededor todo lo que podía verse eran bosques y una densa niebla que descendía de entre los árboles espectralmente iluminados por la luz de la luna. Forcejeó contra la puerta hasta que consiguió abrirla y escuchó los gemidos de su mujer. Estaba amordazada, podía verla del otro lado de la casa, apenas apoyada sobre una silla y con una soga al cuello. Tenía una mordaza en la boca y lágrimas en la boca. Los muebles hacían ahora de barreras, su mesa, hecha pedazos, le impedía atravesar la sala, los alambres con cuchillas protegían el corredor de las habitaciones. Buscando frenéticamente un reducido espacio entre las maderas, afiladas y puntiagudas que hacían de corredor, trató de salvar a su mujer. Luego de pasar por un pequeño laberinto, cortándose los brazos y rasgándose las ropas se topó con que su mujer estaba del otro lado de pesados maderos con picos, largos clavos que le impedían empujarlos. Existía, sin embargo, un reducido túnel de metal que llevaba hasta la débil silla de la que la vida de su esposa dependía. Se tiró al suelo y comenzó frenéticamente a moverse a rastras. El suelo tenía lijas y cuchillos que traspasaban sus ropas, pero ya casi podía tocar la silla, salvar a su esposa. Una reja se cerró frente a él, empujada por un invisible mecanismo, y la placa de metal detrás de él hizo lo mismo. Medwin se encontraba en una caja de metal que fue jalada, desde afuera de la casa, por una poderosa polea. La caja salió a la colina y, de un empujón, se fue rodando violentamente, las cuchillas desangrándole y torturándole hasta que finalmente se estrelló contra un pino, la caja se deshizo y el prestamista estaba muerto. Una hora después, cuando un vecino alertó a las autoridades, la esposa no pudo describir al asesino, a excepción de un detalle, el hombre tenía la cabeza de un toro.

El león, la peste y el carnicero

El león, la peste y el carnicero
Por: Juan Sebastián Ohem


            Lukas Doyle nunca llegaba tarde a su trabajo, lo tomaba como un gran orgullo. La gente de Albion, se decía, era precisa como un reloj. Más aún en la capital de Londus, al norte de Salem, donde el río Tames atraviesa la ciudad como una arteria cargada de barcos comerciales pequeños. Aún así, le gustaba caminar. La isla preexistía a su azaroso descubrimiento, naturalmente, para los verdaderos hijos de Albion, la ciudad de Londius era tan antigua como Königsport, la capital del reino del Miskatonic y, por supuesto, más importante que la adinerada Dunnwich al norte del reino continental. En poco más de una década una ciudad de un millón de almas había erigido grandes edificaciones y adoquinadas calles. Lejos estaban las megalíticas construcciones de Königsport, con sus cien mil habitantes en góticas edificaciones separadas por niveles y organizadas por zepelines de riel, elevadores y globos aerostáticos. Londius tenía un cielo estrellado y sus edificios rara vez pasaban de los diez pisos. Más aún, ya era vieja por el musgo entre los ladrillos de los edificios, por la lengua vernácula de llamar “bobbies” a los policías debido a sus redondos bombines que tenían por sombreros. Tenían sus propias tradiciones, té a las cinco, los tesoreros y banqueros siempre de traje tweed de terciopelo negro, paraguas montado a la izquierda, diario financiero a la derecha.

El increíble viaje de Marcus Polun

El increíble viaje de Marcus Polun
Por: Juan Sebastián Ohem


1 Marzo año 15 de Wercer
            Este es el diario de Marcuss Polun, navegante y comerciante. Mi viaje será largo, como larga fue la preparación, pues dignatarios han sido enviados hasta las regiones más remotas del nuevo continente. Mi misión me alejará de mi hogar por varios años me temo, de modo que he decido iniciar este diario. Hemos zarpado ya de Aquileia, la ciudad en el mar. La joya de los Barsel y la ciudad del comercio. A lo lejos, desde las redondas ventanas de mi camarote se aprecian las flotillas comerciales con las banderas de Cthulhu. La dinastía Wercer controla el mar y el comercio, aún así hemos oído de reinos mil veces más ricos y mil veces más poderosa. Mi misión, si he de llevarla a cabo, tendrá un informe de tales rumores.

            Los días se hacen cansados en altamar. La nave, de la pesada madera únicamente conseguible en los bosques norteños de nuestro reino se mueve poco, pero anoche hubo una tormenta y no conseguí conciliar el sueño. Decidí salir de mi refugio, mi lujoso camarote, para charlar con los viajeros. Comerciantes, en su mayoría, y de charla vana y aburrida. Noté a un joven, no más viejo que yo, que parecía haber abordado el barco sin papeles. Su figura me pareció escandalosa, pues semejante trasgresión no solamente era moralmente reprochable, sino que parecía lanzarse a una aventura desconocida.

Fiebre Cyberpunk

Fiebre Cyberpunk
Por: Juan Sebastián Ohem


            El tráfico era brutal, como todos los días en Neopilos. Esteban Rodríguez no habría jalado la cadena en el techo de la patrulla de no ser que la víctima aún vivía. Jaló la cadena, se encendieron las sirenas en el techo y en los lados. Adiós tráfico de la tercera línea. El espacio estaba prácticamente desierto, a excepción de las ambulancias y otras patrullas. Mi compañero Esteban, alias Chico, conduce como un maniático. Los edificios están repletos de callejuelas que nuestra computadora puede medir a la perfección. Nunca toma las rutas preferenciales, como cualquier otro detective sabe que tales rutas son una broma pesada de algún programador sádico. La concha no deja sonar. Montado en mi oreja izquierda, como una concha de mar con antenas, cruje las órdenes policiales. Neopolis estalla en actividad. No somos suficientes, la familia Guiness lo sabe demasiado bien. Asalto de rutina, cyberpunks. No lo digo en voz alta Chico estudió sociología, es del tipo liberal, todo bonito y legal, yo soy de la vieja escuela, de los apagones.