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jueves, 23 de julio de 2015

Sangre en la nieve

Sangre en la nieve
Por: Juan Sebastián Ohem


            La nieve cayó por días. La ciudad se congela para navidad. La gran separación. Chimeneas, regalos y pavos para unos. Hielo en el asfalto y sangre en la nieve para otros. Gordon Chester Trimble es de la segunda variedad. Santa Claus de tienda departamental. Muerto en el callejón del bar “Congo”. A nadie le importó en vida, a excepción del que le disparó por la espalda. Tiro a quemarropa. Turno de cementerio. Todos se fueron a sus casas. El teniente se aseguró que yo quedara a cargo. Los uniformados que lo reportaron tienen el mismo humor. Muchos chistes de Santa Claus. Nos congelamos en el callejón mirándolo lentamente congelarse. Gordon debía estar acostumbrado a que se rieran de él.

El peor de los pecados

El peor de los pecados
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian.

            Lo optimistas dicen que vemos la realidad que creamos para nosotros, y los pesimistas insisten que cada quien vive su propio infierno. Los dos están equivocados, algunas veces la realidad no está en tus manos y algunos mueren por acciones más oscuras que el propio infierno en el que viven. El teniente del escuadrón de homicidios, Vincent Simone, no tiene tiempo para cosas como la realidad o el infierno, es la clase de hombre que crea su propia suerte y de alguna manera los demás tenemos que pagarle a la dama suerte. Caí en sus manos, producto de un terrible final en mi asignación en anti-bandas. El teniente es un cuervo que camina con las manos en la espalda y la espalda curva, es tan frío que congela el verano. Me deja jugarla de oído, produzco resultados y eso le gusta. Aún así, no comparto sus estándares de higiene, etiqueta y, sobre todo, de sobriedad. Ya dejé de ponerle café a mi whiskey, arruinaba el whiskey. La culpa es un juego peligroso, te consume hasta que no queda nada. La gente común se destruye, yo quedo de pie como un edificio bombardeado, estable pero vacío por completo. El whiskey no lo llenará, eso lo sé, tampoco los fiambres que me tocan cada día. Lo que no te destruye te hace más fuerte, otra perla de la sabiduría que es totalmente falsa. Lo fue para mí, lo fue para la víctima. El teniente perdió la paciencia cuando Parks me llamó un vago alcohólico y sin futura y me partí de la risa. Simone no es la clase de persona que te pone la mano al hombro y te dice que te arregles, mostrar una emoción es demasiado pedir. En vez de ello, me asignó un compañero.

Los tres chinos

Los tres chinos
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio de Larry Gustav Ozfelian
            Los marinos hablan de la calma antes de la tormenta. Un ambiente eléctrico de ansiedad y malos presagios. Nadie en la ciudad lo entiende realmente. Cualquier persona, buena, mala, miserable o noble, entiende más bien de un accidente de auto. Cualquier persona en cualquier momento. No hay calma antes de la tormenta. Hay sorpresa, miedo, el estertor del acero compactándose y la funesta certeza del dolor que se aproxima. Encogemos hombros y sonreímos torcido, así es la vida. Llega, te golpea y te deja sin saber por qué fue todo eso. Nadie lo vio venir. Martin terminaba su casa de cartas mientras yo fingía terminar mi papeleo. El teléfono sonó. No tenía idea de lo que estaba a punto de pasar. La colisión de dos trenes. La única certeza es la duda. Es Jenny 9. Demasiada historia entre los dos. Incendiaria y criminal de carrera.

Los dos gringos

Los dos gringos
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio del detective privado Martin Felton
            Algunas cosas son iguales donde quiera que uno vaya, por ejemplo, el licor es negocio donde sea. Existe otra verdad que se aplica a Brasil tanto como en América, la vida no tiene precio, pero cuando la muerte es barata muchos la ofrecen. Aprendí eso a la mala. Una novia muerta por la que nadie llora, tres clientes peligrosos y un juego macabro. Río de Janeiro me mostró su lado sombrío en una noche tan oscura que lo único que se ve es el resplandor del disparo. 

Secretos de familia

Secretos de familia
Por: Juan Sebastián Ohem


Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian    
            Pensó que me ganaría. Carta más alta y me libro del papeleo. Construyo una casa de naipes. Nadie se divierte haciéndolo, pero se hace porque es un reto. Basta con que una carta quede mal acomodada para que todo se venga abajo. Ejercicio en frustración. El teniente Quinn destruye mi obra maestra, tenemos una llamada. William “el toro” Abernathy, boxeador semi-profesional, padre de familia y cadáver. La única con futuro era la última opción. Harry no cierra el pico sobre el deporte del boxeo. Dos atletas en conflicto. Yo tengo otra versión, dos ingenuos que intercambian sudor y violencia, donde uno queda con parálisis y el otro gana lo suficiente para hacer rico a su representante. Pensamos que sería un caso sencillo, pero estábamos equivocados, una carta cayó y con ella se derribaría una casa de naipes a nuestro alrededor.

Lanzado a los perros

Lanzado a los perros
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian
            Tardaron media hora en separar a los perros del cadáver. El sujeto no era guapo en vida, pero ahora estaba casi irreconocible. Cargaron el cuerpo fuera de la alberca improvisada y le colocaron a un lado de las paredes de autos compactados. El cementerio de autos forma un laberinto de chatarra que esconde las jaulas de hambreados perros de ataque y la alberca vacía donde les ponen a pelear. El lugar apesta a perros y sangre. Los asistentes del forense no ven el momento de irse, el hedor es peor que la morgue.

La noche se lleva todo

La noche se lleva todo
Por: Juan Sebastián Ohem


Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian
            Noche sin luna. Las luces de la ciudad empiezan a distanciarse unas a otras mientras recorro Baltic. Las mansiones ocupan manzanas enteras y forman abismos de oscuridad. Hay algo irónico en eso. La llamada no era para la parte bonita de Baltic. Martin no escucha jazz, algo le preocupa. No pregunto nada, quiere que lo haga. Se quita el sombrero y se rasca donde su bigote solía estar. Debí haber preguntado, pues el chico estalló como un volcán. Me arrepentí de no haberle preguntado a tiempo, pero en retrospectiva, no hacerlo me libró de prisión.

Algún tipo de justicia

Algún tipo de justicia
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio de Larry Gustav Ozfelian
            Se suponía que sería sencillo. No lo fue. No lo fue para nosotros. No lo fue para ella tampoco. Los dominós caen pieza por pieza. El mero olor del dinero vuelve loco a algunos. Un rastro de muerte, traición, ambición y amor que empezó para nosotros con un robo. Asalto a la nómina de la mueblería “Brandon”. Guardia de seguridad herido. El novato cree que se ha graduado y justo a tiempo, el teniente nos tira al fondo del barril. Le gusta el rojo de la sangre, pero odia tener que olerla. Martin no se molesta, yo tampoco. Un caso es un caso. En el fondo, mafiosos, políticos y telefonistas son todos iguales y capaces de lo mismo.

El amor no es inocente

El amor no es inocente
Por. Juan Sebastián Ohem


            El cuerpo fue encontrado antes del mediodía. El basurero en la callejuela se encuentra en el corazón de Baltic. Disputas territoriales con otros precintos. Nadie lo quiere. Echamos suertes. Si tuviera mala suerte, al menos tendría alguna suerte. El forense que recupera el cuerpo dice que murió alrededor de las diez de la noche, ahorcado con un cable.
- ¿Qué crees que hacía ahí?- Martin y yo salimos de la callejuela a la avenida Boston.
- La avenida es un corredor de prostis, seguramente es un cliente.- Detengo a los enfermeros y a su camilla y reviso los bolsillos.- El móvil no fue robo, tiene su billetera y 500 dólares. Cajetilla de cigarros Fatima en el bolsillo y encendedor de oro. Se me hace conocido, pero no sé de dónde.
- No es tu párroco, eso seguro.- Martin revisa la billetera y me muestra una bolsita de cocaína.- Tiene una tarjeta de un bar, “blues de Kelley”. Al parecer es músico, clarinete.
- Sobre con dinero en su saco y cerillas del “hombre-lobo”, es un bar de la mafia... Maldita sea, ya sé quién es. Es Charles Orne, alias Charlie el chino.- Felton mira su cara, pero no encuentra los ojos rasgados.- Le decían así porque tenía una afición por chicas asiáticas. Él y sus nudillos.

Contra la pared

Contra la pared
Por: Juan Sebastián Ohem


Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian

            El rugido del motor. Intercambio de miradas. Ninguno de los dos sonríe. No hay nada de qué sonreír. La palanca de velocidades cruje. Primera a segunda. No llegarán a tercera. Freno a fondo. Acelerador a fondo. Las llantas se queman. Faros prendidos. Iluminan la pared. Marcas en el asfalto como testamento. Se miran de nuevo. Cierran los ojos. No hay nada más que ver. Dicen que se escuchó un crujido metálico. Dicen que se amaban. Dicen que estaban contra la pared. Ella tenía el cinturón puesto. Él no. Atraviesa el vidrio y su cuerpo se estrella contra la pared. Estaban contra la pared, en cierto modo la atravesaron juntos. Un baile termina. Un baile comienza. Hormigas que bulliciosamente atacan las sobras de un picnic. Vecinos se asoman. Exclamaciones. Gritos. Llamadas. Sirenas. Cinta de policía. Miradas ociosas. Miradas a la historia de amor. Nadie la entiende. Nadie la entendió tampoco cuando estaban vivos.

En los días del incendio (Parte 2 de 2) Novela noir

Continuación de la primera parte.

4.- El gran incendio

Jefe Orren niega la existencia de  la llamada “mafia negra”,
aunque fuentes internas afirman que han expulsado a la familia Badessi de Morton


            Las semanas que siguieron al fracaso de Lundy y Carson estuvieron bañadas en sangre. Invertimos, junto con Tito, ingentes cantidades de dinero para asesinos de fuera. Tito daba las armas y la asistencia. Nosotros tres dábamos el lugar y la fecha. Se acabaron los camellos de Cornell Williams. Los italianos que les suplían no sabían qué hacer. Dejamos a la prostitución a un lado, esas chicas hubieran salido a venderse con o sin chulos. Quince mil dólares en una semana. Ejecutado, levantado, envuelto en bolsas negras, y llevado fuera de la ciudad para ser incinerado. Para cuando Cornell se dio cuenta que sus ingresos bajaban a la mitad, ya era demasiado tarde. Le pidió ayuda a los grasientos, pero se dieron cuenta que no valía la pena. Jugaron su mano y perdieron. Uno de los tenientes de Enrico y Tomasso Badessi es juzgado por el asesinato de Hugh Reddding. No sacan suficiente dinero de los negros, así que prefieren quedarse en Baltic, apenas invertir unos puntos en negocios tangenciales de Cornell, pero el mensaje es claro, ganamos la batalla. La mafia negra de Sandoval controla el flujo de cocaína y heroína. Todo en picaderos. Todo discreto. Todo ganancia.

En los días del incendio (Parte 1 de 2) Novela noir

En los días del incendio

Por: Juan Sebastián Ohem


1.- Empieza el incendio

Aunque las autoridades digan lo contrario, la violencia en Morton rebasa a la policía


            Desde una de las ventanas del callejón una radio a todo volumen suena con los sermones de un reverendo. Se aplica. Hugh Redding tiene problemas para confesar. Para eso estamos ahí. Confiesa cuando la perspectiva de conocer a su creador le es cada vez más cercana. Chaparro Redding tose sangre, suelta un diente. El puño de Henry tiene sangre también. Trevor lo patea en la rodilla y lo tira al suelo. Le dejo saber lo que tenemos. Es importante que conozca todos los datos antes de tomar una decisión. Cuchillo de hoja retráctil encontrada en su zapato, no es bueno, una bolsita con talco mágico, eso es peor, pero es el revólver el que sella el paquete. Cuarenta a sesenta años de prisión, fácil. Redding se está dando cuenta de eso.
- Sabes las reglas Redding, nada de camellos en la calle.-  Le hago la señal a Lynch para que lo ayude a levantarse.- La calle es de los policías.
- ¿Qué dices Hugh, cooperas con nosotros o acompañas a tus cientos de hermanos tras las rejas?- Trevor me hace reír. Redding me mira con odio. Que se aguante.
- ¿Quién te vendió la cocaína Redding?
- Mike, en un los apartamentos Lincoln.- Territorio de Tito Sandoval. Redding se apoya contra la pared de ladrillos y nos mira con miedo.- No le digan a Tito, por favor.
- No sé, no tienes nada bueno que negociar.- Henry Lynch se estira y se truena los huesos. La golpiza solo fue entrenamiento para él.- ¿Porqué no mejor lo arrestamos con lo que encontramos?
- Sí, supongo que sí. Trevor, espósalo.
- No, esperen... Sé algo que les podría interesar.- Trevor Wyms me mira sin saber qué hacer. Le hago una seña, quiero escuchar al chaparro Redding.- Un sujeto tiene guardados 500 de los grandes en su casa. Es un proxeneta cualquiera, nadie lo extrañara.
- Eso es mucho jugo.
- Oz tiene razón Hugh, ¿cómo te enteraste?
- Es éste sujeto, Wilbur Oakley, es muy parlanchín. Él tiene una boca grande, yo tengo los oídos grandes. Me dijo del dinero como si no fuera nada.
- ¿Wilbur Oakley?
- Así es Larry, yo no te mentiría.- Hugh me hace reír.- ¿Qué dicen?
- Es mucho jugo...- Mire a Trevor y a Henry. No tenía que decir nada más.- Vete Hugh, y no peques más. Y si me mientes iré por ti. Tendrás suerte si nos contentamos con arrestarte.

La ley de la calle

La ley de la calle
Por. Juan Sebastián Ohem

Del escritorio del detective Martin Felton
            Turno de cementerio. Café y cigarros. Aviones de papel. El timbre del teléfono nos asustó a los dos. Larry contestó. Su expresión no era amable. Morton. Triple homicidio en una balacera en la calle. Andamos con la sirena a todo volumen. No teníamos prisa. Nadie tiene prisa para entrar a Morton, aunque muchos mueren para salir de Morton. El peor barrio. Lo que solía ser la zona roja antes de que se tornara peor. El gueto. Proyectos urbanos, como les llaman los políticos. La cloaca, como le llaman todos los demás.

            La tormenta arreciaba cuando llegamos. Los truenos Los mirones no solo saciaban su morbo, lloraban. Eso no es bueno. Era un llanto desesperado. Manos en la garganta y bocas abiertas. El auto había sido ataco en una esquina. El agua helada de la lluvia nos tenía al borde. Dentro del vehículo había dos pandilleros negros y un niño negro de diez años. Una bala le perforó el cuello, otra le entró por el cachete. Oz señaló hacia la posición de un segundo tirador, a un par de metros de distancia. Tomados desprevenidos, no tenían oportunidad alguna.

miércoles, 22 de julio de 2015

Con el peso del pasado

Con el peso del pasado
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian

            Winston Fredericks está rojo. Tiene los ojos de una fiera. Sus manos descansan sobre una montaña de documentos y expedientes. No es la primera vez. Trató de acorralarme hace seis años, por el homicidio de Terry y Daisy Kinnley. La pareja había matado a su hijo adoptivo en una disputa. No había suficiente evidencia. Estaban muy seguros de sí mismos. Lo suficiente como para decírmelo en la cara. Ese fue su último error. Winston sabía que fui yo. Lo sabía con certeza metafísica. Me libré por falta de evidencias y por la honorable intervención de Bosch, el jefe de detectives. Ahora me tiene de nuevo, al menos eso cree. Habla de Herbert Hill como si hubiese sido un santo. Mató a una prostituta a golpes, torturó a la hija pequeña de la prosti y mató al padrote. Hill no era un santo. Yo tampoco. Fredericks le trata de demostrar a la comisión investigadora que traté de extorsionar a Hill, que accedió y más tarde el remordimiento lo llevó al suicidio. Fredericks me mira como un niño hambriento a una hamburguesa, pero ésta vez él está equivocado. No que importe, la verdad no tiene nada que ver en esto. Pise demasiados pies. Alguien me quiere rostizado. Puedo oler mi carne quemada mientras los tres investigadores dan sus últimas opiniones. La diminuta silla de madera es más incómoda que una celda. Las luces sobre mí me hacen sudar. Cuando finalmente termina la sesión del día, estoy cansado y frustrado.

El túnel

El túnel
Por: Juan Sebastián Ohem

 Del escritorio del detective Larry Ozfelian:
                Agujas en el suelo. Paredes repletas de graffiti pintados hace décadas. El empapelado dejó de existir hace mucho. A nadie le importa. La instalación eléctrica cuelga del techo como lianas. Algunos focos que irradian un tono amarillento y enfermizo. Detrás de las puertas hay infiernos. El padre bebedor que abusa de sus hijos. La madre drogadicta que prostituye a sus hijos. Los rateros morfinómanos que se pasan el día robando y la noche en el suelo. Una que otra prostituta sin dientes que hace lo que puede. El camello que trata de lucir galán en el corredor. Cuando llegamos al departamento indicado, el número 40, aún quedan dos pinchados babeando en el suelo. Ciudad picadero. Tus pesadillas por un par de dólares. La de Moe Gaffany fue una veloz. Dos tiros al pecho le hicieron caer sobre su espalda frente a la puerta.

                Brinco por encima del cuerpo para entrar al departamento. Dudo que le importe. Dos novatos adentro, el forense y Felton estudiando el cuerpo. Los novatos están verdes, tienen miedo de tocar algo, lo que sea, e infectarse. Hacen bien. Algunos aparatos valen buen dinero, lo mismo se puede decir de su ropa. Proxeneta al máximo con trajes color jade y sombrero de plumas. Dos dientes de oro y un enorme anillo con la letra “M”. No fue un robo. Martin encontró el revólver en uno de los escalones, había quedado parcialmente oculto debajo de papel de baño usado. Un trabajo desagradable pero alguien tiene que hacerlo. Bulldog, cañon corto de calibre 25. Ruidosa. A nadie le importa, quienes hayan conocido a Moe Gaffany no debía haberles importado que estuviera muerto. La mayoría de los inquilinos tenían que alimentar su hábito.

El hilo invisible

El hilo invisible
Por: Juan Sebastián Ohem

 Del escritorio del teniente detective Vincent Simone:
                Patrick Acosta era un hombre poderoso. Siendo asesor de obras públicas del antiguo alcalde cosechó docenas de amistades. Las amistades en la política suelen ser dudosas. Aún así, cuando la noticia de su muerte llegó al departamento de policía, el departamento del fiscal de distrito se movilizó antes que nosotros. El fiscal, Jerry Williams, se presentó en mi oficina a primera hora del martes para “insistir cordialmente” que supervisara el caso personalmente. Jerry Williams hizo su carrera procesando policías corruptos. No es necesario agregar que no somos amigos, sin embargo compartimos amistades que requieren resolución pronta al caso.

                Llegué a la escena acompañado del detective Ozfelian y el detective Felton. No puedo asegurar que la enemistad de Ozfelian hacia Williams sea extrema, sin embargo, si algún día apareciera asesinado el fiscal, él sería del primer policía que sospecharía. Uno de los uniformados encontró a un potencial testigo y mandé a Ozfelian a tomarle la declaración. Tiene más habilidad para detectar mentirosos que Felton.

Perros en la noche

Perros en la noche
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio del detective Martin Felton:

                Los lunes no son manera de iniciar la semana. Oz traspira alcohol y maneja el auto como un abuelo, sin prisa para llegar a la escena del crimen. Ojeras en sus ojos. Habla sin detenerse. Piel amarillenta, una sonrisa macabra que me indica que ha tenido un buen fin de semana. Sammy esto y Sammy aquello. Han regresado y es ahora una paradoja, su ánimo está vivo, su apariencia dicta lo contrario.
- Que bueno por ti Oz, ya eres prácticamente un anciano, haces bien en sentar cabeza.- Enciende un cigarro y sonríe.
- Deberías hacerlo tú también, consíguete un hombre que respete tu desviación sexual y tu jazz, te hará bien.- No le digo de Marion. No le hablo del sexo desenfrenado. No le digo de su cabello lleno de rulos ni de su risa histérica. No le digo nada. Anoche corríamos del restaurante a mi departamento muertos de la risa. Expectación. Chispa en sus ojos. Parece que fue hace una vida.
- No lo sé Oz, si lo hiciera, ¿con quién te casarías después de terminar con Sammy?

La escalera

La escalera
Por: Juan Sebastián Ohem


Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian
                La mañana comenzó con un sol inclemente. Las paredes de concreto irradiaban calor. Manchas de sudor en las camisas. Miradas de fastidio. El asfalto hirviendo. Cinta policíaca para acordonar el área. Novatos riéndose de lo ocurrido para soportar el calor. Víctima de 30 años de edad, alto de complexión fornida con nariz aguileña y poco vello facial. Tardo en reconocer lo absurdo del asunto. Tirado en el suelo con el cráneo abierto, pedazo de tabique incrustado a la mitad del cerebro. Los otros pedazos de tabique quedaron desparramados a su alrededor. Este es el peor barrio del sur, donde todo puede pasar. Es Morton. Algún político, llamado Morton seguramente, quiso “urbanizar” la zona. Eso significa correr a los drogatas, camellos y rameras y construir multifamiliares para quinientas familias. Se urbanizó al estilo Morton, con quinientas familias de drogatas, camellos y rameras.
- No tuvo tiempo de saber lo que ocurría.- A un lado del cadáver encendedor de oro, cajetilla de cigarros, uno de ellos suelto.- Aquí tienes la cartera.

En paralelo

En paralelo
Por: Juan Sebastián Ohem

Del escritorio del detective Larry Gustav Ozfelian
                El café del precinto sabe a ratón muerto. Debe haber algún patán, cada mañana, colocando ratones muertos en la cafetera. Seguramente el teniente. Él sería capaz de algo así. De todas maneras trago el café, la única manera de mantenerme despierto luego de un maratón de reportes y papelería. Cuando la llamada entró pasada la medianoche, pensé que sería un alivio de trabajo. Me equivoqué.

                Brian Phelps, 41 años de edad, un importante empresario especializado en hospitales y plazas comerciales. Paga sus impuestos a tiempo, dona grandes cantidades de dinero a beneficencias para niños huérfanos, tiene buen trato con sus obreros. Brian “Santa Claus” Phelps. Jojojo y blam! Bala a la cabeza.      Debo darle algún crédito, la sangre, los pedazos de cráneo y sesos formaban, alrededor de su cabeza, una especie de halo que le dotaba de un aura de santidad macabra.